Así comen los bebés

El libro Yo amo comer es una guía sencilla y práctica para disfrutar de la alimentación de nuestros hijos, desde el embarazo hasta el jardín de infantes. Diseñada por las integrantes del grupo OliLu, con la experiencia y el rigor de su profesión, pero también su calidez y compromiso como madres. Incluye treinta recetas de Natalia Kiako.

 

Con las manos

En los primeros meses es importante ofrecer al bebé comida que sea fácil de tomar y manipular, y que sea segura de sostener y llevar a la boca.

Los bebés de seis meses usan toda su mano para tomar objetos, cerrando la palma alrededor de ellos. Por eso las piezas de comida que les ofrecemos no deben ser muy anchas ni gruesas pero, a la vez, deben sobresalir de sus manos: lo ideal es cortar trozos de cinco a seis centímetros de largo. Si les damos un alimento de consistencia más blanda o cremosa, podemos ofrecer la cuchara y permitir que la manejen ellos.

Cuánto de cada uno dependerá de cada bebé. Podemos empezar ofreciendo dos o tres frutas de diferentes colores y texturas y tener preparadas piezas extras para ofrecerle.

¿Y si no quiere? Con absoluta tranquilidad debemos saber que si un bebé rechaza un alimento es porque no lo quiere o no lo necesita en ese determinado momento. No significa que no le gusta y podemos volver a ofrecérselo días o semanas más tarde.

Y con los ojos

Los bebés aprenden copiando, disfrutan de compartir y estar con sus padres, por lo que es importante que compartamos la mesa con ellos cada vez que sea posible y les ofrezcamos lo mismo que comemos nosotros. De hecho es probable que prefieran lo que hay en nuestro plato, aunque sea exactamente lo mismo que hay en el suyo (pareciera ser un mecanismo instintivo de verificar que la comida es segura).

Aprender copiando implica primero mirar y luego intentar hacer, equivocarse, volver a intentar. Debemos dejar que el bebé encuentre la forma de agarrar la comida y llevársela a la boca, y no intentar ayudarlo más de lo que necesita. Guiar de más o sostener la comida puede confundirlo o distraerlo y hacer que deje de intentar. Si necesita nuestra ayuda, nos lo hará saber.

Algunos bebés pueden verse desalentados a descubrir alimentos si se sienten presionados u observados en cada movimiento. Naturalizar la comida es también no prestarle demasiada atención al acto. Compartir, contarle qué comemos, describirle texturas, colores, no criticarlo ni esperar a que coma, y ayudarlo sólo si lo pide es lo único que deberíamos hacer.

PAPILLAS SÍ O NO

Si alrededor de los seis meses todos los bebés sanos son capaces de tomar trozos de comida y llevárselos a la boca por sí solos es porque todos los seres humanos nacemos con el potencial de desarrollar nuestra autonomía alimentaria. La falsa creencia de que los bebés necesitan ser alimentados por otra persona radica en la introducción precoz de alimentos para complementar la falta de lactancia materna, cuando la fórmula había empezado a aparecer. Incompleta nutricionalmente, para que los bebés sobrevivieran a la alimentación con leche de vaca había que agregar alimentos procesados a partir de edades tan tempranas como los tres meses: la única forma de que los comieran era haciéndolos puré. En la actualidad, cuando la indicación es que la alimentación exclusiva con leche materna (o en su defecto con fórmula) sea hasta los seis meses, no hay necesidad de comenzar con una cuchara y una papilla o preparación hecha especialmente para ellos. Menos aún de ponerles comida en la boca. Lo único necesario vuelve a ser la oportunidad y la disponibilidad del alimento. Ofrecer y permitir que lo alcancen. Como lo fue en aquel comienzo con la teta. Las papillas no son necesarias y, si bien tampoco resultan el enemigo en casa, que sean la única preparación con la que los bebés se alimenten puede traer problemas a largo plazo. En parte por la consistencia de las papillas, pero sobre todo por el control que tienen o no sobre lo que comen y el desarrollo de sus habilidades como comensales.

La consistencia de la papilla hace que sea fácil de chupar de la cuchara, no es necesario masticar. Si un bebé no tiene la oportunidad de enfrentarse con comida que necesita ser masticada cerca de los seis meses, las habilidades masticatorias pueden retrasarse. Puede que no aprendan a lidiar con los grumos, y quieran comer papillas por mucho tiempo. También que, al no haber ejercitado sus reflejos, tengan problemas con ahogos cuando empiezan a experimentar con los sólidos.

Una de las cuestiones más importantes, pero que suele ser pasada por alto al momento de entender la importancia de la alimentación guiada por el bebé, es lo que contribuye a su autonomía. Ser alimentado por otra persona implica no tener el control de tiempos, ritmos, cantidades. Pierde su instinto de saciedad y ocupa con comida el lugar de su alimento más importante. La leche materna –o en su defecto la de fórmula– sigue siendo la principal fuente de nutrientes para los bebés menores de un año. Para peor –para el bebé–, ser alimentado por otra persona no es tan divertido como comer solo. Intentando agarrar un pedazo de comida el bebé se entusiasma y aprende y se torna más confiado y seguro con esta nueva aventura que es comer.

La alimentación es un proceso propio, individual de cada ser humano.  Es importante ser protagonista desde el día uno. La pasividad de la papilla no sólo impide la participación activa del bebé sino que, al ser una textura homogénea, no permite desarrollar gustos ni preferencias. Por supuesto que los bebés pueden comer purés, sopas, cremas, papillas también: el problema surge cuando es lo único que comen y es un menú exclusivo para ellos.

 

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