El lado oscuro del aceite más consumido del mundo

Sus defensores alegan que es ecológico y que saca de la pobreza a miles de personas. Sus críticos, que el uso de aceite de palma promueve la deforestación, explotación infantil e incluso problemas de salud.

El suelo de la isla indonesia de Sumatra lleva tiempo echando humo. Y no es por los volcanes que formaron el archipiélago de Indonesia, algunos de los cuales siguen activos, sino por los incendios que cada año devoran cientos de hectáreas de jungla tropical. “Es la forma más rápida de deforestar”, asegura Panut Hadisiswoyo, fundador del Orangutan Information Centre (OIC), un proyecto que trabaja por la conservación del hábitat de este gran primate, una de las grandes víctimas de las llamas.

El principal culpable es la palma aceitera, una alta planta, de grueso tronco y hojas pesadas, que se ha extendido rápidamente durante las últimas décadas por el Sudeste Asiático y parte de América Latina, y que ahora se empieza a imponer en África Occidental. De sus rojos frutos se extrae el aceite de palma, un ingrediente que está en uno de cada dos productos del supermercado, desde comida a cremas o velas. Sin embargo, hasta el pasado mes de diciembre apenas aparecía en las etiquetas. Fue entonces cuando la Unión Europea cambió la legislación del etiquetado alimenticio y obligó a las empresas a detallar qué tipo de aceite utilizaban, en lugar de esconderlo bajo la denominación de “aceite vegetal”.

Los bosques tropicales y la biodiversidad que albergan son la primera víctima (aunque no la única) de este tipo de aceite, el más consumido del mundo. Según WWF, cada hora se deforesta en Indonesia la superficie equivalente a 300 campos de fútbol para plantar aceite de palma. “Muchas de las plantaciones están en zonas de parques naturales, supuestamente protegidas por ley”, asegura Rudi Putra, una de los principales activistas en la conservación de la jungla de Sumatra. En Colombia, el monocultivo de palma se extiende por el Chocó, la región con mayor biodiversidad por metro cuadrado del planeta, pese a la firme oposición de las comunidades locales.

La resistencia de la población local al monocultivo de palma es una constante que se repite en países tan distantes como Colombia, Uganda o Malasia. En muchos casos, se trata de comunidades campesinas, indígenas o afrodescendientes, que son desplazadas de sus tierras para que se instale el monocultivo de palma. Además, varias investigaciones han relacionado esta industria con el trabajo en condiciones análogas a la esclavitud: así, Bloomberg publicó en julio de 2013 un informe que revelaba serios abusos a los derechos de los trabajadores en las plantaciones de Malasia. Estos recibían un sueldo inferior al mínimo, eran encerrados o no recibían su paga. Tenían además que rociar las plantaciones de forma manual con herbicidas como el Paraquat, que se cree que produce daños en riñones e hígado. En Colombia, las empresas de palma aceitera han sido vinculadas con políticas antisindicales. El sector se caracteriza además por el uso de mano de obra infantil, según afirma el Departamento de Trabajo de Estados Unidos en un informe de 2012.

¿El más ecológico?

La palma aceitera es una planta muy polémica. Frente a sus detractores, se sitúan fieles defensores que aseguran que las plantaciones han sacado de la pobreza a miles de personas con sus altos rendimientos. Solo en Malasia, el sector emplea a 500.000 personas, en una población de menos de 30 millones. Otros aseguran además que es el aceite más ecológico, ya que necesita 10 veces menos suelo para la misma cantidad de producción que la mayor parte de los aceites alternativos. “No nos oponemos radicalmente contra el aceite de palma, solo contra el que se planta en los bosques”, dice la activista Rudi Putra, quien reconoce que las plantaciones han dado trabajo a muchas personas de Sumatra -aunque la mayoría procedentes de otras provincias-, pero que también ha dejado a muchas sin agua.

Su impacto sobre la salud también ha abierto amplios debates. El aceite de palma comenzó a utilizarse masivamente debido a la mala prensa de las grasas trans o hidrogenadas, que habían sido relacionadas por varios estudios con problemas de salud. Sin embargo, un estudio de 2009 del Departamento de Agricultura de Estados Unidos asegura que su consumo provoca problemas coronarios muy similares a los de las grasas hidrogenadas, con un aumento similar en los niveles de colesterol para cantidades equivalentes. El aceite de palma está estrechamente relacionado con los alimentos ultraprocesados, que han mostrado ser poco saludables. “Desde hace 20 años, se ha implantado un modelo de alimentación que genera graves problemas para la salud”, afirma Javier Guzmán, director de VSF Justicia Alimentaria Global. Y esa mala alimentación, recuerda Guzmán, tiene un sesgo de clase, pues los alimentos ultraprocesados y menos saludables, los que contienen aceite de palma, son también los más baratos.

“Estamos perdiendo el control sobre lo que consumimos”, añade Isidro Jiménez, fundador de ConsumeHastaMorir. “Nos venden que estamos cada vez más informados, pero lo cierto es que cada día perdemos una batalla por la transparencia”.

La industria del aceite de palma sabe que está bajo el punto de mira; de ahí que impulsase en 2004 la Mesa Redonda por un Aceite de Palma Sostenible (RSPO, en sus siglas en inglés). La RSPO trabaja como una certificación para aquel aceite de palma que ha sido producido bajo unos criterios de sostenibilidad y justicia, similares en teoría a los del comercio justo. Pero esta etiqueta ha sido también muy polémica: un informe de noviembre de 2013 realizado por International Labor Rights Forum y Sawit Watch desveló abusos laborales no permitidos por la organización en plantaciones certificadas. Más recientemente, el diario ‘Wall Street Journal’ denunció casos de trabajo esclavo en plantaciones también certificadas en Malasia. El compromiso medioambiental también ha sido puesto en tela de juicio. “La RSPO aún deja abierta la posibilidad de deforestar bosque secundario”, asegura Annisa Rahmawati, investigadora sobre bosques de Greenpeace Indonesia, en referencia a bosques con una alta biodiversidad, pero que han sufrido algún tipo de intervención humana.

Mientras, el uso del aceite de palma no para de crecer. Se calcula que para 2020, la palma representará el 45% del consumo total de aceite en el mundo, con 84 millones de toneladas y un crecimiento del 6% anual, según la consultora Frost & Sullivan. Muchos temen, sin embargo, que este rápido avance de la palma aceitera acabe siendo mortal para ecosistemas y comunidades alrededor del mundo.

Fuente: El Confidencial

 

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